Cumbre de Ginebra 2010. Ginebra, un tercio del total de escolares de la Unión Europea no sabría situarlo en un mapa delimitado por la forma de los países (PINTA Y COLOREA). Todo esto a pesar de ser el lugar donde se forjan las condiciones de su jubilación o si el pañuelo se lleva ladeado, de cara cubierta o estilo cowboy.
Estamos anunciando pues la cumbre de las pretensiones por la salvación del mundo. La misma que curiosamente acaba siendo la cumbre del ahogo de las esperanzas del mundo. Con intentos terroristas, hippies semidesnudos manifestándose con pancartas amarilleadas por el tiempo y diplomados-licenciados-doctorados de rodillas desgastadas.
Sirenas, guardaespaldas y cintas policiales. La mitad de las calles están cortadas. Eso sí, todas bien asfaltadas. La mayoría de los presentes sudan las camisas pulcramente planchadas y escuchan cintas de relajación en las que son invitados a mecerse como bambús en los asientos ergonómicos de sus vehículos familiares.
No se conoce la lengua oficial de la ciudad.
Los niños de excursión visitan los alrededores de la sede. Llevan la camiseta del mismo color. Hay muchos, demasiados dirían algunos. Al menos, tiñen las calles grises de cierto color, dirían los del voto en blanco.
Justo en una esquina, un poco más oscura que la plaza minimalista que abre el edificio se encuentra una cafetería con varios neones fundidos. El olor a grasa solidifica el ambiente. El continuo y tranquilizador rumor de la plancha empapando carne caducada y de origen desconocido ensordece la radio que habla sin informar de nada.
Los perfumes perdieron su fuerza horas atrás. La perdieron en el ascensor, en los intercambios de opinión respecto al tiempo metereológico o en los take-away expendedores de agua con polvos estimulantes (God save the coffe).
La clientela…se mezcla entre carajillos, english breakfasts y pan tomaca. Unos tienen los pantalones manchados de la obra, otros la camisa perfectamente planchada por los puños pero tremendamente arrugada en la pechera y el resto se masajea la cara despegando los últimos restos de legañas. Todos tienen las expresiones faciales congestionadas. Se les olvidó respirar hace mucho tiempo.
De nuevo, nos fijamos en una esquina. Es en las esquinas donde ocurre todo. Lo saben hasta las putas.
Tres intrusos que resaltan entre la clientela.
Cada uno de su padre y de su madre. Pero como se sabe que la humanidad es un picadero genético y somos todos de esos que en las cenas apelamos la existencia de una espiritualidad universal, digamos que parecen hermanos, primos o cualquier categoría con enlace de sangre.
Di, era el más grande de todos. Sufría de obesidad mórbida y todo su cuerpo estaba encendido en una congestión desoxigenada con la que daba la impresión de que iba a explotar en cualquier momento. Todo en él estaba deformado. Los ojillos entrecerrados se distinguían por un extraño brillo que invitaba a la curiosidad. La boca en forma de sonrisilla bobalicona dejaba asomar el único colmillo que tenía y que hacia las veces de estalactita de la que colgaba un constante hilillo de baba. Bebía su refresco con avidez, mezclándolo en la boca con los restos de sándwich masticados y sólo detenía su alimentación para emitir un sonido gutural cuando pasaba una mujer a su lado o sus dos compañeros emitían un chasqueo censurador. Era el que más se parecía a los otros dos.
Di: Quiero empezar ya…La espera me anula.
Oge: Está todo claro ¿verdad?
En medio estaba Oge. Contenido, alerta, en el momento. Daba la sensación de que sostenía algo que el desbordaba, como una presa de palillos en un río en un día de lluvia torrencial. Era fibroso, la musculatura definía su ropa. Era el más moderno de los dos, el más presente, todo nuevo, todo de temporada, todo del AHORA. Su mirada barría continuamente los actos de sus dos camaradas y a hurtadillas se buscaba en algún reflejo para verificar su existencia. Una existencia dual, escindida por sus dos compañeros que con sus demandas y la mediación de las mismas acababan definiendo la esencia de Oge. Así pues, su trabajo se limitaba a asentir o negar. Sus aportaciones verbales no llegaban a mayor complejidad, aún así, sentenciaba o como a él hubiera gustado decir, sentenciaba entre sus compañeros. Parecía el más definido de los tres, tenía esencia. Cuando iba por la calle la gente se giraba para mirarle. No obstante, esto sólo ocurría cuando iba acompañado de los otros dos, cuando iba solo era un fantasma al que pisaban los transeúntes por no poder distinguirlo ante tal transparencia.
Oge: Di, puedes aguantar, eres capaz. Además cuantas más ganas tengas mejor será tu actuación.
Ogerepus: Hemos hecho esto tantas veces y aun así los nervios parecen los del primer día. No hago más recordar nuestra primera vez…
La calma estaba en el tercero, Ogerepus. No se podía decir que era atractivo, no se podía decir que era bello. Simplemente hipnotizaba. Cuando hablaba daba sentido a sus actos. Era el justificante de los tres. Constantemente emulado por Oge, entraba habitualmente en conflicto con Di, puesto que éste carecía de la moralidad poetizada que tan bien definía a Ogerepus. Muchas veces pensó en dejar este trabajo y convertirse en juez de paz, pero con estos encargos conseguía un público mucho más amplio y entregado, y como a todo artista el aplauso, le perdía. Muchas veces, aunque esto no lo sabía nadie, perdía la conciencia de lo que decía, las palabras brotaban de su boca sin que él pudiera controlarlas, a veces le molestaban tanto que tenía que moverse del sitio y quemar ese desazón maltratando a Oge o a Di pero en otras ocasiones entraba en una paz extraña como si hubiera entrado en contacto con una parte suya que desconocía.
Se levantaron a la vez. Y como si una marcha militar guiara sus pasos se dirigieron al mismo ritmo a la puerta. Ninguno pagó. Estaban demasiado enfrascados en sus pensamientos como para atender la necesidad de cobro de una camarera con rulos y exceso de laca.
La entrada al edificio estaba firmemente vigilada. O eso parecía. Cámaras, rayos X para las pistolas y efectivos humanos ansiosos de repetir los balonazos recibidos en el patio del colegio. Sólo que esta vez, los balonazos se dirigían desde el otro lado de la barrera. Sólo el que recibe sabe dar, diría algún calvo con mirada bondadosa y convencimiento de espiritualidad.
Nada pitó en los escáneres, los tres habían sabido elegir el atuendo. Bueno, Oge lo había sabido elegir para los tres con cuidado. Sólo les paró el último guardia. Justo cuando la puerta estaba frente a ellos dispuesta a ser traspasada.
Todos los altos mandatarios estaban allí dentro. Esperando su baile. Y ese estúpido segurata les estaba haciendo esperar demasiado.
Segurata-Bullied boy: Y bien caballeros, ¿puede saberse a qué representan o quiénes son ustedes?
Ese gordo (Di) le trajo los dolorosos flashbacks del patio del colegio. El sabor al agua del váter que tantas veces le habían hecho tragar se asomó en sus papilas gustativas. Tragó la arcada y la transformó en un chasqueo de lengua.
Oge: Este (señalando a Di) es el dueño de las minas de coltán del mundo y este otro es el jefe ejecutivo de la red de transporte submarina que une la Vieja Bretaña con los Estados Separados.
El señor segurata balanceó ligeramente la porra y la chocó con suavidad pero con contundencia sobre su mano. Sólo le quedaba un último golpe y no parecía tener mucho espacio par coger carrerilla.
Segurata-Bullied boy: Y usted, ¿quién es? ¿El intérprete?
Oge: Si no sabes quien soy y me lo preguntas de nuevo, alguien va a tener que excusarse por no haber hecho los deberes con el cuidado que debía.
Segurata-Bullied boy agachó la cabeza y se apartó dejándoles paso. Mientras les abría la puerta y amparado en un ángulo ciego se tocó el paquete. Seguía allí. Bah, qué cojones la castración no había sido tan tremenda.
En cuanto dieron un paso dentro de la habitación y los allí presentes se percataron de que no sobraba ninguna silla para los recién llegados, el ambiente se electrificó y llenó de densidad.
Hijo de puta nº1: ¡Son ellos, la profecía era cierta!
Sin dejarles mayor tiempo a reaccionar, Ogerepus sobrevoló las cabezas calvas con sus únicos tres pelos engominados con la suavidad y fortaleza de un Ave Fénix para espolvorear sus almas de toda la moralidad que habían perdido entre titulaciones y contratos de compra. Los dones y los frutos se aposentaron en las almas de aquellos en los que habían caído las verdades de Ogerepus.
Algunos recordaron de dónde venían y qué habían sido enseñados antes de haber aprendido a estudiar solos. Y lloraron.
Otros, recuperaron las canicas de su cordura y alarmados corrían de un sitio a otro destrozando todos los cristales u objetos reflectantes que les devolvieran su sucia mirada.
Aquellos que no pudieron sostener la pena o no fueron lo suficientemente hábiles para evitar su propia mirada corrían hacia las ventanas buscando el amparo de la muerte. Nadie supo qué es lo que veían exactamente en esos reflejos, pero algunos que habían vivido con anterioridad al período de la brigada de bomberos de Fahrenheit 451 supusieron que el impacto de aquel reflejo se habría de asemejar al del joven Dorian Gray y el retrato de su alma.
Era evidentemente que Ogen era el que iba a recibir. Todos conocían ya su cara y según entró en la sala y los altos cargos reconocieron la imagen que tanto habían temido se abalanzaron sobre él. Su poder de oratoria, esa labia que había encandilado a los más desamparados, no le iba a servir con aquellos que hacía mucho que habían dejado de oír incluso el latido de su corazón.
Había movilizado a todos aquellos que no tenían más armas que sus manos. Y es que todos sabemos que se escucha desde la miseria y el barro, ya que lo que nos llega cuando estamos en la cima, llega con el Eco, y ésa siempre es una buena excusa para alegar que nunca se entiende del todo un ruido distorsionado.
A sabiendas de que no debían escucharle, las pocas manos que se habían liberado del ataque de Ogerepus, apretaban la traquea de Oge sin clemencia. Manos manchadas, sucias, que para sostener tanta sangre habían sido entrenadas en el tejer de la muerte. Sus dedos eran largos como serpientes y el color amoratado de Oge deshacía los nudos musculares de sus brazos recordándoles la cercanía al triunfo si este color llegaba a su plenitud.
Según los espasmos de Oge se hacían más débiles, y los aspavientos para liberarse de las manos de sus opresores suponían un desgaste demasiado alto para su cuerpo casi carente de oxígeno, Ogerepus y Di andaban a oscuras en la sala. Sin las instrucciones de Oge y sus mediciones apenas sabían hacia donde calibrar sus ataques. Hasta que en una de estas Di, en su baile enfermizo y desmedido chocó con Ogerepus para lanzarlo contra Oge.
Así, Oge retomó su oratoria y guió a Di en el que sería su baile final. Sin medida, sin lucidez alguna, se convirtió en un cuerpo al que guiar. No conocía este mundo, pero confiaba en los límites que le presentaba su compañero. Coceando con parsimonia como un toro antes de rematar a una presa petrificada por el pánico, mantenía una mirada llena de dolor y decepción hacia esos pequeños proyectos que se habían crecido jugando a ser Él.
Y simplemente abrió la boca.
Una onda expansiva recorrió toda la sala. Bajó por las escaleras de la sede, y se extendió como el aire, sin límites, sin filtros, por toda la capa terrestre. Aquellos que viajaban por los canales subterráneos notaron el tambaleo de los túneles que atravesaban. Miles de rascacielos cayeron con la misma facilidad con la que las chabolas son rediseñadas en cada monzón.
Todos escucharon la voz de Di.
Todos murieron.
Y entonces se hizo el silencio. No quedaba entre vivo en la tierra nadie mas que nuestros tres intrusos.
Oge: No mides tus palabras. Ni la fuerza que posees.
Di: Siempre seré intenso y pondré demasiado en estos proyectos.
Ogerepus: Bueno, empezamos de nuevo, creo que se salvaron un par que se encontraban de luna de miel en el espacio.
Oge: Propongámosles pues un paraíso fiscal en el que estén prohibidas las organizaciones políticas.
Di: Les sonará bien, ¿tú qué dices?
Ogerepus: Que nunca me cansé de dar vueltas en esta rueda.
Y los tres se alejaron pisando las cabezas…bueno, los restos de sus compañeros esparcidos por el suelo.
Queden libres de pecado pues;en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Di Oge Ogerepus
Id Ego Superego
Padre Hijo Espíritu Santo
Futuro Presente Pasado





